TUCUMÁN: La curación de Emmita es el milagro atribuido a Fray Mamerto Esquiú.

Más Noticias 11 de noviembre de 2021 Por Redacción Región Del Maní
Emmita Pacheco Paz nació el 20 de noviembre de 2015. El problema surgió cuando decidieron llevarla a casa. El diagnóstico era osteomielitis crónica por bacteria.
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En septiembre del 2021 en la ceremonia de Beatificación en la explanada de la iglesia de Piedra Blanca, a pocos metros de la casa de adobe donde nació en 1826, en Catamarca, estuvo presente Emma, la niña de Tucumán en la que Dios obró un milagro por intercesión de Fray Mamerto.

Los papás de Emma, Ana Paz y Alí Omar Pacheco, comprendieron que el camino que quedaba era por la vía de lo sobrenatural. Invocaron al ya Beato y consiguieron el milagro, que a su vez permitió elevar a los altares al fraile franciscano.

Emmita Pacheco Paz nació el 20 de noviembre de 2015. El problema surgió cuando decidieron llevarla a casa. El diagnóstico era osteomielitis crónica por bacteria.

Su piernita izquierda estaba hinchada desde el tobillo hasta la pelvis. Tenía fiebre. No paraba de llorar y los antibióticos no lograban vencer tres focos de infección: el tobillo, la cadera y el fémur.

Durante todo un mes su mamá Ana no conoció otra postura que la de la silla dura de la sala de espera, desde las 7 hasta las 23.

A la primera operación para limpiarle el hueso del muslo que se llenaba de pus le siguieron tres más. Mientras tanto el diminuto cuerpo de Emmita se martirizaba con sondas, drenajes, catéteres y punciones.

“Era muy doloroso ver a mi hija en ese estado. Estaba pálida y desmejorada, peladita y con una vía en la cabeza. El 23 de diciembre nos permiten que la llevemos a casa por primera vez, a pasar la Navidad. Pero eran tantos los remedios que teníamos que darle por boca que ni ella ni yo dormíamos en toda la noche”, recuerda.

El 14 de enero, el doctor Carlos Juárez, el traumatólogo que la atendía, le regala una estampita con la imagen de fray Mamerto Esquiú a quien ella no conocía.

La imagen tenía una reliquia que era un pedacito de tela que había tocado el corazón incorrupto del ahora beato (antes de que se lo robaran).

“Yo le pasaba la estampita por la pierna mientras le rezaba. Yo no sabía qué prometerle, sentía que no tenía nada para ofrecerle, solo mi fe. Así que yo le decía ‘fray Mamerto, no te ofrezco nada porque no tengo, sólo te pido que le hablés a Dios de mi hija’”, explica.

“Unos días antes de que me regalara la estampita volvimos al consultorio del médico con la resonancia, la tomografia y la radiografía.

Él se agarraba la cabeza y decía: ‘no me gusta esto. Llevala a la Neo que quiero verla ahí’. Yo temblaba porque sabía que me la iba a operar y ella todavía tenía los puntos de la última cirugía.

No tenía ni un mes de vida. Aún no estaba el resultado de la biopsia. La infectóloga me aconseja que no la lleve, y me vuelvo a la casa.

A los pocos días, vengo a control con una nueva radiografía y el médico se vuelve a agarrar la cabeza pero esta vez dice no puedo creer, el hueso estaba para amputar y ahora está limpio”, recuerda.

Su padre Omar expresó: “Estamos muy emocionados. Es algo increíble, ni en un millón de vidas pensaba que iba a pasar todo esto”. Respecto de su experiencia ante la enfermedad de osteomielitis que padecía la pequeña desde su nacimiento -hoy con 5 años de edad-, dijo: “Lo único que queríamos era a mi hija en casa, con todo lo que conllevaba la operación, con todas las secuelas que iba a traer".

“En ese momento, gracias a Dios, lo vivimos con mucha tranquilidad, yo sentía que tenía que ser el pilar de mi esposa porque fue quien más sufrió, cada vez que fuimos al hospital la veía, lloraba. Yo sentía que tenía que tener fortaleza”. Y llegó el acontecimiento extraordinario de la curación por intercesión de Esquiú, que “fue un bálsamo para nosotros”.

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En la hermosa y norteña Catamarca, en Piedra Blanca, un 11 de mayo de 1826, nace el niño Mamerto de la Ascensión Esquiú. Sus padres, Santiago y Maria de las Nieves, y sus hermanos Rosa, Odorico, Marcelina, Justa y Josefa, configuraban una familia sencilla, trabajadora y de vida cristiana.

Fray Mamerto Esquiú, con unción los recuerda en su diario: “Seis éramos los hijos venturosos de estos padres tiernos que, son bienes de fortuna y en humilde estado de labradores, eran felicísimos en la tranquilidad de su virtud… y en las dulzuras de una vida abocada a su familia y a Dios…”

A los 5 años de edad, su madre lo vistió con el hábito de San Francisco, en cumplimiento de una promesa que hiciera por su restablecimiento, al nacer gravemente enfermo. Mamerto, en calidad de aspirante a la Orden, contando apenas con 10 años, entró al convento franciscano de Catamarca.

Entró en 1841 ingresó al noviciado entre los Frailes Menores de la Provincia de la Asunción en Argentina. El 15 de mayo de 1849 celebró su primera Misa. Como sacerdote se distinguió particularmente en la predicación, ministerio por el cual fue apreciado no sólo en los ambientes eclesiales sino también en los políticos.

En 1853, al pronunciar el sermón sobre la Constitución Nacional, pidiendo por la paz y la unión de los argentinos, se hace conocido en casi todos los ámbitos de la Nación.

Sus llamamientos a la paz, a la hermandad y a la colaboración civil contribuyeron a crear el clima socio-cultural para el nacimiento del nuevo Estado Federal Argentino. En espíritu de servicio y evangelización, entre 1855 y 1862, el padre Esquiú aceptó también desempeñar un papel político activo, como diputado y miembro del Consejo de Gobierno de Catamarca.

Deseoso de volver a la vida franciscana regular, obtuvo el traslado en 1862 a un convento de misiones en Tarija, Bolivia, como misionero apostólico, con el propósito de llevar una vida más austera y oculta.

En 1870 fue propuesto a la sede episcopal de Buenos Aires, pero se consideró indigno y, por tanto, se alejó del país peregrinando a Tierra Santa, a Roma y a Asís.

En 1877 peregrinó a Tierra Santa. En Jerusalén desea permanecer hasta el fin de sus días, sin embargo, la obediencia lo regresa a su patria con el mandato de cooperar en el restablecimiento de la vida regular entre los religiosos.

En 1879  rechaza nuevamente el nombramiento como Obispo de Córdoba, pero el Sr. Nuncio le dice: “Es voluntad del Santo Padre que Ud. sea Obispo de Córdoba”, a lo que Fray Mamerto responde: “Si el Papa lo quiere, Dios lo quiere y acepta. Así se convierte en pastor y padre solícito de esta diócesis mediterránea.

Fue consagrado el 12 de diciembre de 1880, y Córdoba luego de tres años vuelve a tener cabeza espiritual. Fue caritativo y generoso ante toda necesidad, celoso en su ministerio, manso y humilde en su expresión, pobre al máximo y sacrificado, se impone realmente por la práctica de las virtudes, proponiendo la santidad como corazón de la vida sacerdotal y del compromiso cristiano. El fundamento de su extraordinaria actividad pastoral fue la intensa vida de oración y de unión a Cristo.

Predicó en casi todas las iglesias y capillas de Córdoba, dio ejercicios espirituales en varios lugares; y los monasterios, hospitales  cárceles fueron testigos del paso y de la voz del infatigable Obispo. Creó el Taller de la Sagrada Familia, lugar de trabajo para las mujeres sin recurso, y llevó a cabo diversas obras de esta índole en estrecha colaboración con los párrocos. El Seminario de Córdoba se vio enriquecido por la labor promotora de Fray Mamerto con el restablecimiento de los estudios teológicos.

Su segundo año de Episcopado fue como “campesino” yendo de pueblo en pueblo, recorriendo la campaña. Río Cuarto, Río Segundo, Tulumba, Jesús María, Bell-Ville entre otros, fueron testigos de la presencia paternal de Fray Mamerto, quien no solo administraba los sacramentos, sino que dedicaba gran parte de su tiempo a escuchar a sus fieles.

Marcado por las fatigas apostólicas muere en plena actividad de celoso Pastor, en la posta de “El Suncho, Catamarca, el 10 de enero de 1883.

Fue declarado Venerable en 2006. El milagro propuesto para la beatificación se produjo en la diócesis de Tucumán, en Argentina, en el año 2016 en favor de una recién nacida con osteomielitis femoral grave.

El 18 de junio de 2020 el Papa Francisco promulgó el Decreto sobre el milagro atribuido a la intercesión del Venerable Siervo de Dios Mamerto Esquiú. Dicho decreto posibilita la Beatificación de fray Mamerto Esquiú, la cual queda en manos de nuestra Santidad Francisco quien designará la fecha mediante una Bula Papal.

Redacción Región Del Maní

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Director, Gerardo Daniel Bessone

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